Ambos nunca eran capaces de pronunciar palabra. Sólo se miraban y pestañeaban, intentando parecer inalcanzables.

Un día cualquiera de diario, cuando la joven llegó con su mochila colgada de un solo hombro, se percató de que el muchacho no estaba en el arcén esperando con los brazos cruzados o leyendo el periódico. Ella no pudo aguantarlo, no derramó ni una sola lágrima antes de lanzarse a las vías del tren y dejarse aplastar, perdiendo la vida en menos de un minuto.
Esa misma noche, mientras el muchacho se preguntaba porqué lo habían despedido a él y no a otro de sus compañeros, escuchó en la televisión la extraña muerte de una adolescente. En cuanto vio la fotografía de la joven, supo que era ella. Era la misma joven a la que había enamorado con la mirada día tras día y que, por culpa de no rendir en su trabajo, había perdido para siempre.
El muchacho se culpó día tras día hasta llegar al punto de caer en una profunda depresión. Depresión que acabó con su vida.
Días, meses y años después, se descubrió una cuerda de unión entre los enamorados. La joven sufría también una profunda depresión, de la cual ninguna persona de su entorno conocía, y un mínimo detalle en su vida como el de aquel caso, la había desequilibrado tanto que su reacción fue desaparecer de este mundo. Y él, un muchacho sano y con la cabeza en su sitio, había caído en las garras de esa horrible enfermedad de la que sólo unos pocos consiguen escapar.

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