Juntó las piezas para terminar el puzzle. Se mordía el labio
concentrado y se revolvía el pelo con cada error que cometía. Se remangaba las
magas de la sudadera. Cada vez que jugaba con aquel rompecabezas le resultaba
más y más difícil. Su mente estaba empezando a fallar. Sus dedos iban perdiendo
fuerza. Y sus ojos se agotaban cada vez más rápido. La silla en la que se
sentaba cada mañana le resultaba incómoda. Y sentía las paredes de la
habitación acercarse a él por momentos. En ese momento sintió una punzada en el
corazón. Cayó al suelo y gritó con todas sus fuerzas, mas nadie era capaz de
escucharlo. Una guadaña le apuntó en la cabeza y, gracias a un simple
movimiento, se pudo levantar. Entonces una luz le deslumbró y sus ojos se
llenaron de chiribitas. Podía apreciar perfectamente los cuerpos de sus padres
y abuelos que le llamaban a gritos. Siguió sus voces y se adentró en aquel
brillante espacio. Miró hacia atrás y comprobó que todas las piezas del puzzle
estaban encajadas formando su propio reflejo.

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