Cogí la maleta que ya había preparado premeditadamente con
parte de mi armario y todo el dinero que había podido encontrar por los
rincones y colchones de mi casa. Tampoco era demasiado, pero lo justo para
poder sobrevivir.
Llamé a un taxi y me marché de ese nocivo pueblo donde
había sufrido y donde me habían roto el corazón. Busqué en un mapa el pueblo
más aislado y lejano que pude, y ordené al conductor que me llevase allí. El
vehículo en el que me encontraba parecía sacado de una película americana: un
taxista extranjero, unos cristales empañados, unas fundas oscuras y una
atmósfera maloliente.
Abrí la ventanilla y cogí un cigarrillo del paquete que
tenía guardado en el bolso. Lo encendí y me quedé unos segundos observando muy
de cerca el mechero, el mismo que había utilizado minutos antes. Le pegué una
calada al cigarro rozando mis labios pintados con carmín y eché el humo por la ventanilla.

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